Sus protagonistas, jóvenes universitarios de los años noventa, son piezas de un ajedrez literario, cuyo jaque mate es el despertar del temor en las calles apacibles del distrito chalaco de La Punta. Una simbología de la tormenta en el vaso de agua, con los insumos de la chispa que se extiende cual reguero de pólvora, aunque también es el producto de un modo lúdico, entretenido, de mezclar la ficción con la realidad.