Podría ésta parecer una trivial novela de época, una trillada leyenda de espantos… y quizás lo sea, pero es, fundamentalmente, un relato real, lamentablemente vigente en mis días actuales, y reeditado demasiadas veces en la historia. Un paseo alegórico por un presente matizado de muchos ayeres y de esperanzas tercas que palpitan desde lápidas feraces que nunca debe enmohecer el olvido.
El relato inicia en la década de los noventa, pero se centra en las remembranzas de una anciana, quien se esfuerza por reconstruir su historia, la cual se escurre huidiza en su desgastada memoria. Sus recuerdos se remontan a la Venezuela de principios de siglo XX, caracterizada por su profunda tradición agrícola, básicamente caficultora. Para entonces, las grandes haciendas, así como algunos hatos y los humildes conucos, ocupaban el protagonismo del paisaje en la extensa provincia y en la economía nacional.
En medio de esos paisajes colmados de galas silvestres y edificaciones rústicas, a la luz de la luna y de tímidos fogones, casi irremediablemente se suscitaban los romances apasionados y furtivos, que, como ríos crecidos, se imponían caudalosos sobre valles y sabanas. También surgían las leyendas de escenas épicas y personajes heroicos, que alentaban el ánimo y la virtud de los jóvenes; y sin dudas, no podría ser más propicio el ambiente para el surgimiento de mitos mágicos y fantasmagóricos que, en medio de las entusiastas tertulias crepusculares de familiares y amigos, solían figurar como el plato fuerte durante las cenas en cada rincón de todo nuestro vasto y maravilloso país, obligando, al que debía atravesar los nocturnos y solitarios caminos para volver a casa, a persignarse y caminar velozmente, mientras agudizaba el oído, y miraba de reojo bajo la luna los oscuros matorrales, advirtiendo aparentes formas y sonidos sospechosos que solían resultar falsas alarmas o bien podrían luego confirmar las viejas leyendas. Esas que otros, los menos afortunados, corroborarían con sus propias vidas.
En esa época no era sencillo diferenciar la verdad y la fantasía (¿acaso en alguna época lo ha sido?), pero para entonces era además común ver florecer, tempranamente, el coraje y la templanza de carácter de hombres y mujeres que debían madrugar para la dura e interminable faena, así como para la vida misma. Esa vida amenazada por algunos aterradores espectros.
El Cruce de San Antonio no era la excepción. Un ánima se ha convertido en una terrible amenaza para los pobladores de este pequeño y apartado pueblo cafetalero. Intentar atravesar el camino del Cruce, sobre todo al caer la noche, es muy peligroso, y los habitantes de allí lo saben muy bien, por eso se les recomienda andar con precaución. Bienvenidos.