En medio del barullo cotidiano, la lectura nos devuelve la intimidad extraviada. En el silencio, ojos y letras se confunden en el mar del no-tiempo. En ese sentido, la poesía –aquel viejo arte milenario- invita a reflexionar y a pensar de manera lenta la realidad. Nos impele a verla en sus contrastes y desigualdades, en sus grietas y su luz. Leer poesía es leernos a nosotros mismos, es aprender a conocer nuestros lenguajes internos, esos otros que somos, pero que, a veces, olvidamos. Es tantear un espacio sin tiempo. No se equivocaba Octavio Paz cuando dijo que leer es conversar.
Siguiendo con esos diálogos atemporales, encontramos la propuesta del joven poeta liberteño Julio César Bailón Zegarra en Espacio sin tiempo (Ed. Higuerilla, 2025). Poesía de agua límpida, nutrida de ansiedades metafísicas y filosóficas, como ventanas que se abren a la voz poética que piensa siente, reflexiona y se observa a sí mismo. La figura literaria oscila entre el símil y la metáfora, es decir, las comparaciones entre los objetos y el yo. En esa relación que une la trama de la realidad a una corporalidad a un himno, a un lenguaje sistemático, el poeta observa y afirma:
Yo eterno Dios, eterno hombre
pensamiento en medio de la existencia.
La propuesta de compararse para entenderse son claves para observar cómo se siente el yo (a veces Dios, a veces Hombre). Es palpable la sed de nuevos paisajes y hay deseos de conocer su significado frente al mundo y hay una búsqueda del universo. Todo el universo del autor se desarrolla dentro de sí mismo y sus contradicciones. Y, ¿acaso dentro de nosotros no habitan los universos? La palabra entonces es una brújula, una linterna y el fuego. Este poemario puede ubicarse entre los libros que reflexionan sobre el propio ser. Pensemos, por ejemplo, en la poesía de argentino Roberto Juarroz. Los poemas “verticales” son un viaje en dirección interna, una penetración a nuestra propia mente. Juarroz nos enseña al trabajo mirar de manera concisa la realidad: encapsularla. Por otro lado, yendo a lo más local, podemos acercarlo al libro Sentir la eternidad de Arturo Castañeda, que configura una estética donde lo preponderante es la búsqueda del sí mismo, es decir, del yo; no como un escenario donde suceden los espacios de la realidad (y que la voz poética liga a una personalidad determinada) sino como una forma de viaje metapoético. Tanto Castañeda como Bailón, asumen las márgenes de la expresión lírica, para aterrizarla en un razonamiento poético ebrio de luz.
Con este nuevo poemario, el poeta Baylón nos regala un trabajo sencillo, pero de raíces vitales, arraigadas a la tierra de la reflexión infinita.
Julio Barco
Seremsa 2025