Esta obra invita a construir espacios donde los niños se sientan vistos, escuchados y queridos, sabiendo que sólo desde ese lugar podrán desplegar su curiosidad, su autonomía y su deseo de aprender. Un libro necesario para quienes creen que enseñar también es un acto de ternura. En sus páginas se entrelazan teoría y práctica para mostrar cómo el vínculo afectivo entre docente y niño no es solo un factor protector, sino una condición imprescindible para que florezcan los aprendizajes.
Las emociones no son un complemento del aprendizaje: son su origen, su motor y su sostén. Este libro se propone devolver al afecto su lugar central en la educación inicial.