Tras extensa persecución me acorrala al fondo de un callejón sin salida, esos que solo existen en la imaginación de un escritor inexperto. Exhausto apoyo la espalda en la pared inexistente y empiezo a respirar con resignación mis últimos segundos de vida en este mundo imaginario.
Jadeando extraigo la pistola, rastrillo y apunto directo a mi cabeza. La mirada que le dirijo me hace dudar porque veo la amistad de toda la vida y también observo mi miedo y el deseo que no me deje medio muerto, sería vergonzoso para ambos…
Más tranquilo y con el aliento recuperado, le sonrío como es nuestra costumbre y coloco el cañón del arma dentro de mi boca y jalo el gatillo.
Se escuchó la detonación y no encontraron el cadáver, tampoco rastros de sangre ni huellas de pisadas, solo los charcos de orines en el suelo y la soledad de siempre.