El abogado litigante, aquel que debería ser centinela del debido proceso, se ha convertido en una figura desgastada.
Le incomoda el brillo ajeno, pero no la sombra propia. En vez de elevar su práctica, prefiere competir desde la envidia silenciosa. El litigio, entonces, deja de ser defensa y se convierte en un campo de egos inseguros.