La difícil empresa de hablar sobre poesía, entenderla como un objeto muerto de análisis, hermenéutica, síntesis, hipótesis y teorías, es una forma de reducir lo vivo y vital a un cadáver que empieza a oler mal en la mesa de disección. La propuesta fulgurante de la poesía es sentirla desde la conmoción y la actitud de la vida misma, y no bajo la intención de ser un rayo atrapado, enquistado en medio de una botella para ser observado con pinzas, gasas y escalpelo. Lo que la poesía da y entrega con suma riqueza, se pierde en el camino. Por eso, la intención franca de aprehender un poema, de sentirlo y vibrar con su unigénita voz, de evocar ese instante de perpetuidad, no es hacer una estratagema de teorías descolocadas de otros, de parafraseos críticos y volcarlos con la misma fuerza dinámica de la poesía de la que bebe y se alimenta.
El siglo XX para la constitución de la poesía peruana se siente inclinado desde estadíos que incluyen actitudes contestatarias, eclecticismos vanguardistas, experimentaciones formales y condensaciones estéticas personalísimas y de ruptura. Es desde este siglo donde el faro del desafío alumbra la modernidad hacia el devenir de lo sucedáneo o lo posmoderno y contemporáneo que, la poesía, con su disposición veraz sobre el mundo y la visión singular de un hombre, intuye un tipo de sentir y un camino que ha sido trazado por otros.