El dolor durante el parto ha sido una de las preocupaciones centra- les para los científicos a lo largo de la historia. Fisiólogos, psiquiatras, neurólogos y obstetras han explorado múltiples vías para reducir su intensidad o incluso eliminarlo por completo [1].
Más allá de los factores biológicos, el dolor del parto se ve amplificado por influencias culturales y sociales. Las ideas negativas transmitidas de generación en generación, junto con el desconocimiento de la mujer sobre el proceso reproductivo, generan un estado emocional de temor, angustia y tensión. Esta carga emocional convierte el parto en una experiencia anticipadamente dolorosa, la cual se intensifica por elementos fisiológicos como la dilatación, la distensión de los tejidos y la presión ejercida sobre el segmento uterino inferior, ligamentos y músculos perineales.
Considerando esta génesis multifactorial del dolor, se han desarrollado dos escuelas clásicas en la preparación para el parto:
La Escuela Soviética, que otorga un papel preponderante a los reflejos condicionados, y propone el entrenamiento psicológico para modificar la respuesta al dolor.
La Escuela inglesa, que se enfoca en el temor materno como el factor principal del sufrimiento durante el parto, buscando su reducción mediante información, apoyo emocional y educación prenatal