El autor nos abre las puertas de una sensibilidad contradictoria: tierna y colérica, ingenua y, a la vez, profundamente lúcida. Su escritura parece vacilar entre la inocencia infantil y la madurez de un pensamiento que se sostiene en la filosofía, como si la fragilidad y la solidez se abrazaran en un mismo gesto.
Gaya es y no es. Presencia y ausencia, existencia y vacío. Se manifiesta como niña, como anciana o como un espectro que se disuelve en la nada. Su figura muta, atormenta y revela, encarnando la paradoja de lo humano.
La escritura con resonancia poética, confunde y deslumbra. En su aparente caos se vislumbra un orden secreto, una armonía escondida en la disonancia. El texto no solo convoca la sensibilidad del autor —o su deliberada torpeza—, sino que invita al lector a un ejercicio interior: un viaje mental y espiritual hacia la interrogación más radical, la de la existencia misma.