Durante el siglo XIX, los monumentos limeños dependían de materiales y escultores europeos. Sin embargo, el uso del granito de Amancaes para pedestales marcó el inicio de una participación más activa de talleres y artistas peruanos, quienes, tras la Guerra del Pacífico y con la creación de instituciones como la ENAOL (1864) y la Escuela Nacional de Bellas Artes (1919), comenzaron a consolidarse en la escultura pública.
En la primera mitad del siglo XX destacaron figuras como David Lozano Lovatón y José Luis Peña y Peña, representantes de dos generaciones distintas, cuyo trabajo simbolizó tanto el auge como el declive de la estatuaria figurativa limeña. Artemio Ocaña, con un estilo de influencia art déco, fue clave en esta transición.
El Monumento a Ramón Castilla (en versiones pedestre y ecuestre) marcó un periodo de florecimiento artístico local. Más adelante, la Estela en homenaje a César Vallejo (1962), obra abstracta de Jorge Oteiza, evidenció el cambio hacia nuevas formas expresivas, con escultores peruanos como protagonistas, aunque en formatos más modestos y con un sentido revisionista de la historia.