Durante el siglo XIX y XX, la estatuaria limeña pasó del uso de materiales europeos al granito de Amancaes, simbolizando también la incorporación progresiva de escultores peruanos. Tras la Guerra del Pacífico y la débil institucionalización artística, recién con la creación de la Escuela de Artes y Oficios y la Escuela de Bellas Artes, los artistas nacionales adquirieron protagonismo.
Los monumentos a Ramón Castilla muestran ese tránsito: David Lozano Lovatón, autodidacta, y José Luis Peña y Peña, académico, representan el paso del naturalismo al art déco y al alegorismo cívico. Con la Estela a César Vallejo (1962), de Jorge Oteiza, se inició una nueva etapa hacia la abstracción y la posmodernidad, marcada por esculturas de menor escala pero con un sentido social más crítico y reivindicador.
La primera y segunda parte de los tomos dedicados al siglo XX del libro Monumentos en el Bicentenario analizan este proceso: el primero desde un enfoque simbólico y estético, y el segundo mediante un catálogo de obras y biografías de escultores. En conjunto, muestran cómo el siglo XX multiplicó los monumentos en Lima, configurando un museo abierto donde cada obra es a la vez símbolo histórico y creación artística.