Entre 1923 y 1925, en Tarata, se vivieron los años más violentos bajo la administración chilena. Este periodo se caracterizó por el elevado registro de muertes y desapariciones de los habitantes de la provincia, llegando a aumentar dramáticamente por el contexto del plebiscito que no se llevó a cabo, pero que llevó a muchos tarateños a colaborar con la causa peruana, poniendo en riesgo sus vidas. Por ese motivo, con la complicidad de las autoridades ocupantes de turno, miembros de los carabineros y de grupos paramilitares nacionalistas chilenos emprendieron una campaña de intimidación que, no obstante, encontró resistencia entre varios ciudadanos.
En Tarata, la resistencia se manifestó de diversas maneras. Por un lado, estaban aquellos que declaraban abiertamente que votarían por el Perú cuando se realizara el plebiscito. Una decisión que, además de tener su cuota de valentía, avivaba los ánimos entre los connacionales. También estaban los mensajeros, quienes llevaban material propagandístico e informativo desde el territorio peruano hasta Tarata, sorteando con astucia las revisiones en los retenes chilenos, dispersos por los diferentes caminos que conducían a la provincia.
Por esta muestra de compromiso con los intereses del país, varios tarateños fueron asesinados. Lo más penoso es que la mayor parte de estos crímenes se cometió poco antes de la entrega de Tarata al Perú por parte de Chile, el 1 de septiembre de 1925. Por ese motivo, no faltaron familiares de las víctimas que, aprovechando la presencia de los miembros de la delegación sureña, reclamaron por el destino de sus seres queridos, obteniendo respuestas insatisfactorias a cambio.
Aunque los familiares de los tarateños asesinados no lograron encontrar justicia real –que debió partir del reconocimiento de las autoridades ocupantes de los delitos cometidos por sus ciudadanos–, hubo un episodio en el que los pobladores peruanos, cansados de los atropellos cometidos por los carabineros, decidieron hacer justicia con sus propias manos. Tal fue el caso de los habitantes de Challaviento, quienes, tras enterarse de que el carabinero José Zurita había violado a una mujer del pueblo, atacaron el reducto donde este se encontraba y lo ajusticiaron. Sin saberlo, habían asesinado al carabinero acusado de haber victimado a más de un mártir tarateño.