La luna, cómplice de sus ideas y de las conversaciones que Antonia imaginaba, sabía, por ejemplo, del niño que le gustaba en la escuela. A ella le contaba su día, las cosas buenas y también las que no le salían tan bien. Era esta Luna casi su diario celestial.
Antonia miraba la luna en el cielo, a veces con forma de sonrisa, y le encantaba verla crecer poco a poco hasta convertirse en luna llena. Ella misma se sentía una estrellita entre las muchas que la rodeaban, y le gustaba pensar que, como su papá le repetía todos los días, ella también iluminaba su vida.
Pero había algo que Antonia, a su edad, no podía entender:
—¿Por qué, un mes al año, mi amiga la luna desaparece del cielo? ¿Por qué no asiste a nuestras citas? —se preguntaba.