Dicen que algunas almas no llegan al mundo... se filtran, como el agua entre las piedras o, como el viento que atraviesa los cerros de este lugar altiplánico, sin que nada ni nadie los detenga. Así llego él, mi hijo, nacido de un silencio antiguo y un relámpago en medio del pecho y el vientre. No recuerdo su llegada como se recuerdan los nacimientos normales. No hubo cuna de flores ni canción de bienvenida, solo un abismo de luz y sombra. Pero con el paso del tiempo lo veo claro: su alma descendió envuelta en una manta azul brillante, como si el universo lo hubiera tejido con los hilos del cielo. Y yo, aunque rota, fui elegida, fui puente, fui canal. Tal vez, él y yo pactamos esta experiencia ¿Quién sabe? Pero, desde hace mucho esta historia emerge del alma misma, lo que recuerdo y lo que tuve que recordar vienen de un lugar sagrado. Tal vez, ambos elegimos la experiencia de la fuerza, de la verdad y del milagro en esta vida, pero hemos tejido una historia que no siempre se recuerda con la mente, pero sí con el alma y el cuerpo.