Todo comenzó en el aula. En ese espacio donde los días tienen aroma a témpera, sonido de risas y a veces también de llanto, y donde cada mirada nos dice algo. Cada uno de estos juegos nació allí: en la experiencia viva, cruda y maravillosa del aula. Donde el ensayo y error no es una falla, sino una forma legítima de aprender. Donde la observación atenta se convierte en brújula. Donde el vínculo con nuestros estudiantes es más que una estrategia: es la base de todo acto educativo.
No partimos de manuales. Partimos de cuerpos que se mueven, de preguntas que se lanzan al aire, de silencios que también enseñan. Esta propuesta no surgió en laboratorios educativos ni en simulaciones idealizadas. Se construyó en tiempo real, con los pies sobre el polvo de patios escolares, con la voz ajustando indicaciones mientras alguien se distrae, y con la alegría honesta de ver cómo un juego puede abrir una puerta que antes estaba cerrada.