Este libro no explica un problema, explica el dolor que causa un problema. «Cuando al fin deje de dolerme», una obra donde una mirada te habla y una lágrima es la traducción de todo lo que nos cuesta decir y que sólo aquel que quiere curarse es capaz de hacerlo. Pero que, en ocasiones, con llorar no basta, porque la sanación no siempre es lineal, ni es pasiva, ni romántica; es solitaria, arbitraria. Sanar también es un acto de rebeldía, donde es válido gritar, señalar al culpable de nuestro dolor (así sea frente a un espejo).
Aquí la autora no solo habla desde el yo, sino desde los ojos de aquel que sufre:
Le escribe a su propia crisis existencial, a la pérdida de memoria, al dolor de su abuela al perder sus piernas, a las neurodivergencias, a las relaciones tóxicas (no sólo las románticas). A las injusticias sociales, a los dolores generacionales, a la violencia, al rechazo, al dolor que ocasiona no sentirse entendido, y por supuesto, a la empatía, al perdón y al amor, porque Diana sigue creyendo que el amor es la cura de todos los males.
Un poemario que se sujeta de la narrativa para que se escuche la voz de todos los que alguna vez han sufrido. Si bien no es un libro del todo
esperanzador, es un abrazo para sentirse menos solo, más comprendido, que te recuerda que a pesar del dolor, has sido resiliente, pero que llega un momento en donde al fin dejará de dolerte.
«Mi dolor no es una queja, sino otra forma de decirte que abraces mi herida».