Durante la pandemia del 2020 me puse a escribir estas líneas desde un impulso incierto, casi intuitivo, sin un norte claro. Al principio, cuando intenté dar palabras a mi historia, el resultado fue insípido, como si los textos carecieran de alma. Eran apenas algunos bosquejos de una memoria que no sabía aún los motivos para ser evocada, por eso quedaron relegados en hojas sueltas, enterradas en archivos digitales, esperando quizás una intención más firme, más verdadera.
Fue solo a mediados de 2023, en un café miraflorino, cuando ocurrió algo que daría sentido a este esfuerzo. Conocí a un joven escritor chileno que llegó a Lima para participar en una feria del libro. En medio de una conversación espontánea y amigable, cuando le conté que también escribía, me soltó esta pregunta sin rodeos, con ese su peculiar tono chileno: “¿Y usted es tan importante como para escribir una autobiografía?”. Su pregunta, directa como una flecha, me sacudió. Junto a su atrevimiento, había una chispa que encendió una llama que estaba a punto de nacer: la certeza de que no se trata de ser importante, sino de ser sincero.