Mi llegada al mundo no fue celebrada. A los diez días de nacida, mi padre ya se había marchado. No hubo cuna decorada ni canciones de bienvenida. Solo el llanto de una recién nacida y el rostro agotado de una
madre que se convertía en todo para mí. Nací en una pequeña ciudad donde la pobreza era más común que el pan en la mesa. Vivíamos en una casa de adobe, con techos que lloraban cada vez que llovía. Mi
madre, una mujer incansable, se vio obligada a salir a trabajar desde temprano, dejándome al cuidado de un tío que veía en mí una carga más que una niña.
Desde pequeña aprendí a callar. Las palabras dolían cuando se usaban para herir. A los cinco años ya sabía lo que era el maltrato. Pero también descubrí mi capacidad para resistir. Cada insulto me enseñaba a ser fuerte. Cada golpe me recordaba que no quería convertirme en lo que veía.
Mi madre, aunque ausente por necesidad, era mi refugio cuando podía. Sus abrazos eran escasos pero intensos. En sus ojos estaba la fuerza que un día aspiraba a tener. Me prometí, en silencio, que un día cambiaría mi destino. Que su sacrificio no sería en vano.
Y así comenzó mi historia. No con algodones ni cuentos de hadas. Sino con tierra en los pies, hambre en el estómago y una determinación naciente en el corazón.