En aquellas horas llamadas antawaras, las sirenas salen a la orilla de las lagunas a peinar sus cabellos de oro fino, pero, ay, pobres de aquellos inocentes que se crucen en su camino, pues han de terminar encantados bajo las aguas de las lagunas.
Las sirenas habitan también en relucientes palacios de oro. Estos lugares se hallan en otro tiempo y espacio, y aquellos que los han conocido regresan de aquellos mundos a veces en estado juvenil pero otras envejecidos.
Los que logran salir del mundo de las sirenas ya no hacen parte del mundo de los runa-gente, se han convertido en wak’as como ellas y como tales pierden la cabeza cuando soplan el pincuyllo, pues su canto traspasa las paredes del universo, sus cantos llaman a las lluvias, sus cantos curan las heridas del corazón.
Es así pues, las sirenas, sirenitas encantadoras, me acompañaron desde mi tierna infancia, escondida entre las pajas, me llenaba de sus bellos cantos hasta que, llegada la hora de los carnavales, los soltaba para festejar el tiempo de las lluvias. Es así que poco a poco los cantos y las historias de las sirenas se me fueron haciendo parte de la memoria desde muy corta edad y sin que yo me diera cuenta ya me habían habitado para convertirme en cuenta cuentera y cantora de las sirenas.