En El jardín de los perros, la infancia es un territorio íntimo y contradictorio, donde la ternura no excluye la herida y la fragilidad aprende a convivir con el temor. A través de una voz poética que se desdobla y se observa desde fuera, los poemas se internan en lo profano y lo disruptivo, enfrentando aquello que persiste en la memoria y se resiste al olvido: aquello que duele. En este jardín habitan el sol y la oscuridad, lo animal y lo vulnerable; la dulzura no niega el miedo, lo atraviesa. Así, el libro nos recuerda que la vida no se sostiene en la pureza, sino en una forma persistente de resistencia.