El libro defiende el “senti-relato” y el “senti-pensar” no como herramientas complementarias, sino como el núcleo de la investigación, argumentando que el conocimiento no puede divorciarse del sentimiento. Esta postura es un punto de ruptura con la epistemología occidental que ha privilegiado la objetividad y la distancia entre el sujeto y el objeto de estudio. Se relata la propia historia de sentirse inferior por la lengua de origen y sus saberes, motivando a evitar que otros sientan lo mismo, convirtiendo la experiencia personal en la base de una propuesta formativa.