En los pueblos y comunidades rurales del Perú, ser director nunca ha sido un título enmarcado, sino un oficio de entrega cotidiana. Abrimos la escuela antes que nadie, barremos el patio si hace falta, recibimos a las familias con una sonrisa franca, mediamos conflictos con prudencia y sostenemos la esperanza de aprendizaje para cada niño, aun cuando los recursos escasean. Durante años dirigimos con herramientas sencillas: la libreta escrita a mano, el libro de actas guardado en un cajón, las reuniones bajo el árbol del patio y un megáfono improvisado para convocar a la comunidad. La escuela era —y sigue siendo— nuestra segunda casa.
La irrupción repentina de la tecnología, y la urgencia de la educación a distancia, sacudió nuestros hábitos. El director que conocía cada rincón físico de su escuela tuvo que aprender a abrir carpetas digitales, redactar oficios por correo, coordinar capacitaciones virtuales y gestionar plataformas desconocidas para muchos docentes y familias. Nos tocó migrar actas a hojas de cálculo, sostener reuniones con mala señal y aprender a compartir pantalla sin perder la cercanía. Descubrimos que no teníamos manuales infalibles ni equipos de última generación; teníamos, sí, algo más poderoso: la convicción de sostener viva la escuela.