«Esta es la poesía de Lu Zúñiga Palomino, escrupulosa, limpia, delicada, pero intensa, cálida y también impetuosa y llena de vigor. Es el grito, los gritos de la piel, pues; la piel de mujer. Gritos que no aturden ni menos generan contaminación acústica, sino, más bien, fecundan el medioambiente de sueños, esperanza y deseos de ser libre y vivir el placer. El placer es bendición y no pecado. Eso es Gritos de la piel, un poemario que es, en realidad, alegato, no jurídico sino poético, en defensa de la igualdad, el amor en plenitud y también, insisto, la completa libertad. // Es que Lu es libre, libre incluso en su manera de asumir y vivir la poesía. Sabe que el hecho de escribir no tiene que significar la adopción de cierto tipo de actitudes o de comportamientos, ni menos hacer que uno se convierta en un ser medio esperpéntico, es decir, ajeno al vivir común y corriente de las demás personas; es que está convencida que escribir poesía no transforma a quienes lo hacen en extraterrestres ni en enrevesadas divinidades, y ni siquiera en esa “especie” de los llamados “poetas malditos”, muchos de los cuales no son más que una suerte de personajes pintorescos o dramáticos, que pueden generar lástima o motivar sonrisas, pero no necesariamente crear buena poesía. Es que el poeta importa no como anécdota, por sus rarezas; importa como hacedor, por sus obras».