Nadie notó el momento exacto en que empezó a caminar distinto, porque en la selva todos aprenden tarde o temprano a torcer el paso. No fue una maldición repentina ni un castigo visible: fue una leve desviación, casi imperceptible, como cuando el sendero parece el mismo pero ya no conduce al río. Desde entonces, cada huella que dejaba tenía algo de error y algo de advertencia, y el bosque —que reconoce a los suyos— comenzó a seguirlo con una atención antigua, paciente, como si supiera que aquel que avanzaba con un pie ajeno terminaría perteneciendo a otro orden del mundo.