La educación superior contemporánea atraviesa una encrucijada histórica. La aceleración científico-tecnológica, la globalización económica, la creciente complejidad social y la diversidad cultural obligan a las universidades a repensar su misión formativa. Ya no basta con transmitir conocimientos ni preparar para un desempeño técnico: el desafío es formar personas capaces de aprender durante toda la vida, de pensar críticamente, de innovar con ética y de actuar con responsabilidad social (Tobón, 2010; Aguerrondo, 2009).