Hay, en los setenta y seis microrrelatos de este Latidos en lo mínimo de Miguel Cotrina, un aroma indefinido a sorpresa, a acontecimientos, que los hace deliciosos y disfrutables.
La cosa es así: uno, lector, imagina un mapa que parte de algo cotidiano, conocido, imaginable; recorre un camino paradójico —corto en palabras, pero extenso en vivencias— y llega, al fin, a lo fantástico e inesperado, a esa sorpresa que mencionamos al principio del párrafo, cuando esperaba arribar a un lugar ya visitado.
Uno trata de entender ese mapa, evaluar escalas, reconocer señales, imaginar técnicas narrativas, inferir topografías, descifrar intertextualidades, recurrir a la memoria colectiva, percibir climas, intuir desenlaces. Y allí aparece otro desconcierto: ¿cuándo cambió ese mapa?
¡Hasta hace un momento, cinco palabras, un puente atrás, un árbol que aún veo desde aquí, se dice el lector, yo entendía hacia dónde iba la historia! ¿Qué pasó? Uno infiere que dobló mal en alguna esquina o equivocó una bifurcación. Pero no. El camino, el mapa, es uno, claro y conciso. No hay bifurcaciones ni caminos secundarios. Puede creerse que se sufrió algún engaño —quizá sí— y que el escritor es, por eso, más que eso: es magia. También es deleite.
Daniel Frini