Vértice aborda la libertad como metáfora para reinterpretar el conocimiento, los territorios ocupados por sus emociones, la pasión como carnada de una propuesta cuya pretensión va más allá del prurito amatorio. Zamudio logra reescribir aquellos grandes temas a los que se refirió Borges, los resemantiza con la destreza de quien tiene pleno dominio de sí misma y es consciente de la elasticidad de un lenguaje con el que puede subvertir la finitud de su naturaleza. “Los peces que buscas en mi cuerpo”, dice, “puedes quedarte en esta calle eternamente”, subraya. Se trata de alguien que ha entendido que esa mímesis con la naturaleza sucede porque “ella” es la naturaleza. Se asume así, “ella” es su punto de encuentro. El tiempo, ese insensato, participa en muchos de estos poemas. La luna, el horizonte, un puerto, la marea, son elementos que configuran una propuesta que hace de Carolina Zamudio una poeta que los elige porque son los ingredientes que fortalecen esa tormenta con la que escribe la huella dactilar que evita el lugar común y con la que recupera para los lectores su capacidad de asombro. “Las líneas que descubres en mi cuerpo escapan de una azotea y sus fantasmas”; su oscuridad estremece, pero estremece más su exposición de pájaro, o de agua, o de casa que pugna por destrozar la superficie, por eso la música, de nuevo el tiempo y la intensidad de quien asume que jamás tendrá prohibido amar. Un libro, finalmente, debe perturbarnos, Vértice perturba, y perturba bien.
Harold Alva