En la antigüedad, Dios elige al pueblo de Israel con una misión singular en la historia: civilizar a los reinos corruptos mediante los diez mandamientos.
En medio de pueblos marcados por la violencia, la idolatría y el poder absoluto de sus reyes, Israel es llamado a ser un signo alternativo, una sociedad fundada en la alianza y no en la fuerza.
Desde el inicio, Dios mismo se presenta como rey de Israel. No se trataba de un reinado al estilo de los reinos humanos, sino de un gobierno que libera, orienta y protege. Sin embargo, el pueblo rechaza esta forma de gobierno invisible y exige un rey “como las demás naciones” (1 Sam 8, 20). En ese gesto no solo hay una decisión política, sino una ruptura espiritual: Israel prefiere la aparente seguridad del poder humano antes que la confianza en el señorío de Dios.
Los reyes que el pueblo elige —con contadas excepciones— no conducen a Israel hacia la fidelidad, sino hacia la catástrofe. La injusticia, la corrupción y la idolatría se institucionalizan, y el proyecto original se desfigura. El resultado es la división del reino, el exilio y la pérdida de la soberanía, signos visibles de una crisis mucho más profunda.
Es en ese contexto histórico, siglos después, cuando Israel ya no es dueño de su destino y vive sometido al Imperio romano, y es ahí donde nace Jesús.
Él, siendo adulto, fue conocido como “el nazareno” y predicó, sobre todo, el establecimiento del reino de Dios.
Fue famoso y tenía todas las prerrogativas para ser líder de Israel.
Pero, ¿reunió a los israelitas para independizarse de Roma? ¿Se rebeló contra el Imperio romano? ¿De qué trató el reino que predicó?