La relación entre ciencia y Dios es un tema complejo que ha sido objeto de debate durante siglos. Aquí se aportan pruebas científicas que nos acercan a la idea de un Dios creador, entre las que se pueden destacar, 1) el orden y la complejidad del universo, incluyendo la existencia de las leyes físicas y las constantes naturales; 2) el origen de la vida; 3) el origen y el fin del universo, como lo sugiere la teoría del Big Bang; 4) la existencia de constantes universales, como la constante de estructura fina, son consideradas por algunos científicos como evidencia de un Dios que diseñó y creó el universo con una precisión que parece imposible sin la intervención de un poder superior; 5) la biología, con su complejidad y la gran cantidad de información genética que contiene. Se piensa que decir que hay pruebas de la existencia de Dios equivale a demostrar científicamente dicha existencia. Se confunde una prueba con una demostración. No pretendemos establecer una demostración de la existencia de Dios, pero se aportan pruebas, indicios o evidencias más que suficientes para afirmar que la creencia en Dios no solo no es contradicha por los avances de la ciencia, sino que es la posición intelectual más racional y razonable de acuerdo con los conocimientos que tenemos hoy en día. No obstante, podemos percibir la figura de un Dios relojero, tal como sucedió con Leibniz (S. XVII - XVIII), que permite que el universo opere como un enorme engranaje. Esta perspectiva del Creador sería la de un Dios frío y lejano, y esta percepción no es auténtica. La Palabra de Dios se dirige a Abraham, se manifiesta como un Dios que habla y que lo llama por su nombre. La fe se relaciona con la escucha. Abraham no ve a Dios, pero escucha su palabra. Así, la fe adquiere un carácter individual. En este contexto, Dios no se presenta como el Dios de un lugar determinado, ni tampoco aparece vinculado a un tiempo sagrado determinado, sino que se presenta como el Dios de Abraham, Isaac y Jacob.