Asumir el desafío de pensar críticamente nuestro tiempo supone aceptar la incomodidad que ello conlleva. Pensar críticamente implica incomodar certezas, interpelar prácticas establecidas y resistir la tentación de
respuestas inmediatas o complacientes. En este sentido, la universidad está llamada a formar conciencias capaces de enfrentar la complejidad sin evadirla, de dialogar con la incertidumbre sin caer en el relativismo y de actuar con responsabilidad en contextos donde las consecuencias de las decisiones no siempre son previsibles.