A
mar la Cruz es ser escogido por Dios entre miles que viven según los sentidos y la sola razón, para elevarse a una vida divina, que supera la razón y se opone a los sentidos, con la luz pura de la fe y un amor ardiente a la cruz.
Amar la Cruz es ceñirse la corona del héroe que vence al demonio, al mundo y a la carne. Al amar las humillaciones, se derriba el orgullo de Satanás; al amar la pobreza, se triunfa de la avaricia del mundo; al amar el dolor, se mortifica la sensualidad de la carne.
Amar la Cruz es vivir santamente, desapegado de todo lo visible, con el corazón elevado sobre lo perecedero. La conversación está en los cielos; se camina por la tierra como peregrino, mirándola con indiferencia y dejándola atrás con desprecio.
Amar la Cruz es portar a Cristo, ser otro Cristo, y poder decir con verdad: Ya no vivo yo, vive en mí Cristo.