La Filosofía de la Excelencia, orienta a la persona a poner sus habilidades, su vocación de servicio y sus virtudes al servicio de alguna causa que se sienta más grande y más allá de uno mismo. Es más que pasarlo bien o estar satisfechos con lo que hacemos bien. Se refiere a encontrar aquello que realmente nos motiva en la vida como para desear aportar algo a la sociedad. Para ello, tenemos que identificar nuestros principios, valores y convicciones, para después poner en actividad nuestro talento y nuestras fuerzas al servicio de algo que está fuera de nosotros mismos. El sentido de vida no se encuentra mirándonos al ombligo, sino que nuestra vida adquiere significado en relación con lo que nos rodea. Cabe aclarar que, aquello que nos produce sentimientos positivos más profundos no es la satisfacción de nuestros deseos ni los logros, sino que lo que nos gratifica es el proceso.
Las épocas de crisis, de profundos cambios o de grandes fracasos, prestan siempre una gran ventaja porque impulsan al hombre a la reflexión. Cuando los cimientos sobre los que se ha asentado nuestra existencia comienzan a tambalearse, cuando el mundo parece haber perdido el rumbo y el equilibrio, nos vemos obligados a pensar para evitar la caída. ¡Hoy es tiempo de filosofía!
A lo largo de la historia, los filósofos han hecho contribuciones significativas al conocimiento humano, estableciendo las bases para otras disciplinas académicas y ayudando a dar forma a los paradigmas de pensamiento. La vocación de la filosofía es una dedicación profunda y comprometida hacia la búsqueda del conocimiento y la comprensión. Es un llamado a cuestionar, reflexionar y dialogar sobre las cuestiones más fundamentales de la vida y la realidad, contribuyendo tanto al desarrollo personal como al avance del pensamiento humano.
La vocación de la filosofía es la más noble, la más elevada y, en cierto modo, la más útil. Es la interrogación permanente. Interrogar al mundo, interrogar al hombre, interrogar la vida, interrogar el saber. Interrogar no sólo en el sentido de formular preguntas, sino sobre todo de interpelar, de poner en duda, de revocar evidencias, de poner a prueba mediante el pensamiento y la reflexión aun los conocimientos mejor establecidos.
Desde que el hombre es hombre, desde la antigüedad griega hasta el presente siglo computarizado y robotizado, pasando por los años turbulentos de la revolución francesa o la revolución industrial, la filosofía es la brújula que orienta los pasos de la humanidad. Cada filósofo ha señalado una orientación, ha iluminado un camino posible para evitar el caos y la oscuridad.
Actualmente, muchas personas se preguntan cuál será el propósito de su vida. Hay gente que ya está cansada de vivir, no tiene ninguna esperanza. Otros se esfuerzan en almacenar fortunas, pues piensan que esto es lo que da felicidad. Otros tienen riqueza, pero no tienen salud, y esto los hace infelices. Esta incapacidad de alcanzar y de conservar la felicidad es el resultado de la pérdida y carencia de valores.
El camino a la felicidad está lleno de grandes oportunidades, y cada paso que damos hacia ella es una garantía. Hay más felicidad cuando este camino no lo hacemos solos, sino en acciones colectivas en medio del escenario del mundo.
La felicidad no tiene precio, ni se compra ni se vende en el mercado. La felicidad se encuentra dentro del propio ser y no hay que permitir ser víctimas del mundo material, que es lo que nos priva de llegar a ser felices. En muchas ocasiones el logro de una estabilidad socioeconómica impide que la persona pueda alcanzar su plena felicidad. En esto tiene que ver mucho la educación.
Muchos personajes que han llevado una vida con sentido o significado, han ofrendado su vida por una causa de justicia universal, porque para ellos, las grandes causas no perecen por el miedo. Nuestra historia está llena de estas personalidades ilustres que supieron llevar un nuevo estilo de vida y firmes convicciones para nunca claudicar a la verdad, aunque vean que los cielos se desploman.
Estoy persuadido que la educación, en nuestro país, se encuentre encaminada hacia una crisis suprema, tal vez decisiva. Los acontecimientos de la época presente, están llevando al mundo hacia una encrucijada que exigirá a los maestros del siglo XXI una determinada decisión para estar a la altura de los nuevos tiempos.
Felizmente, muchas de las viejas creencias y teorías obsoletas han desaparecido o están en camino a desaparecer. Ya hemos alcanzado un grado de desarrollo humano y comenzamos a comprender que todos los conceptos envejecidos y anacrónicos no corresponden a la época presente. Entendemos que es sumamente importante una educación para cambiar vidas. Necesitamos urgente preparar un nuevo programa para la reconstrucción de una nueva sociedad y aplicarlo osadamente.
Los vientos que soplan el mundo, en esta tercera década del presente siglo, nos colocan frente a una situación más global y apremiante que viene a significar no sólo un simple cambio de signo político o de período histórico, sino un cambio de época y civilización que nos plantea una nueva manera de ver la realidad, y que exige a todos los habitantes del planeta abandonar la incertidumbre para interpretar de la mejor manera posible, el quehacer humano en todas sus dimensiones.
Nos surge, pues, un cambio radical en nuestros intereses educativos. Ya no sólo debemos actualizar códigos y lenguajes, metodologías y estrategias; si no entender lo nuevo y necesario de este paradigma pedagógico emergente, para responder con acierto ante las exigencias del momento.
Los maestros, debemos reafirmar nuestro compromiso histórico con esa misión protagónica del Movimiento Mundial en pro de la Educación para Todos, que se puso en marcha en Jomtien en 1990, se reiteró en Dakar en 2000 e Incheon en 2015, el compromiso más importante en materia de educación en las últimas décadas, que contribuye a impulsar progresos significativos en el ámbito de la educación. También, debemos ser partícipes de la visión y la voluntad política reflejadas en numerosos tratados de derechos humanos internacionales y regionales en los que se establece el derecho a la educación y su interrelación con otros derechos humanos.
Reconocemos los esfuerzos realizados de las diferentes naciones del mundo, aunque observamos con gran preocupación que estamos lejos de haber alcanzado la educación para todos, pero tenemos la esperanza que los objetivos trazados para el año 2030 se harán realidad.
Tenemos que aprovechar el legado de Jomtien, de Dakar y la declaración de Incheon que constituye un compromiso histórico por parte de todos nosotros para transformar vidas mediante una nueva visión de la educación.