Es la Danza Macabra elevada a ritual de conciencia. El cuerpo deja de pertenecer al individuo y se transforma en vehículo de fuerzas cósmicas. Como el Diablo mismo, el iniciado debe vaciarse hasta el hueso: arrojar sus vísceras, sus máscaras, sus nombres, hasta quedar hueco, transparente, purificado por un perdón que la razón no alcanza a comprender.