Toda estirpe posee su propia célula inicial: un origen diminuto, casi
inadvertido, que sin embargo contiene la chispa de un linaje entero. A
veces esa célula nace en una casa de adobe frente al frio del altiplano;
otras, en un puerto mediterráneo bajo la luz dorada del Levante. Y en al
gunos casos, como en esta historia, la célula fundamental nace marcada
por un destino invisible, el del hijo natural, el heredero no dicho, pero siempre reconocido por la sangre, aquel que carga secretos y silencios,
pero sostiene la continuidad de todo un linaje.
El relato del tronco principal de la familia Belzu, una estirpe que
atravesó océanos, cordilleras y siglos; que nación en un pequeño rin
cón del altiplano murciano, en la España del siglo XVIII, y continúa
arraigándose desde el altiplano peruano – boliviano hasta gran parte del
Perú, donde los cielos parecen tocar la tierra y las montañas vigilan la
vida de los hombres como si fueran dioses antiguos