¿Qué es «El Abominable Hombre de los Desagües»? Definitivamente no es un bestiario ni una colección de cuentos en el sentido más correcto del término. Estamos ante otra cosa: quizás un inventario caprichoso, incómodo, a ratos incluso sospechoso de sí mismo. Aquí desfilan criaturas que no piden permiso para existir. Algunas nacen del cruce entre la tradición y el desvarío; otras parecen haber salido de una mala noche de la realidad, esa que uno preferiría no recordar al despertar. Todas, sin embargo, comparten un rasgo menos visible: se parecen demasiado a nosotros, y si buscamos respuestas o una explicación más o menos convincente, podríamos considerar mutaciones, desvíos, pequeñas aberraciones que no hacen ruido hasta que ya es tarde, y esto se da sin que haya moraleja en el remate narrativo y, muchos menos, lástima o redención. El libro avanza como quien hojea un catálogo extraño: se detiene, retrocede, duda. A veces sonríe, pero no queda claro por qué. El humor, cuando aparece, no alivia; apenas desplaza la incomodidad. Tampoco se trata de horror... o no del todo. Lo monstruoso aquí no irrumpe porque ya estaba incubado, confundido con lo cotidiano, esperando que alguien lo nombrara sin mucho entusiasmo. Leer los treinta y cuatro relatos de «El Abominable Hombre de los Desagües» implica aceptar una sospecha: que la frontera entre lo humano y lo que suele ser innombrable nunca fue una línea, sino un conjunto de costumbres, y estas —se sabe— son lo último que se pierde.