La educación superior en el siglo XXI se enfrenta a desafíos complejos derivados de transformaciones sociales, económicas, culturales y ambientales que exigen replantear el rol tradicional de las universidades. En este contexto, la gestión del aprendizaje ha dejado de concebirse como un proceso meramente académico centrado en la transmisión de conocimientos, para asumirse como un fenómeno integral orientado al desarrollo de competencias éticas, sociales y ambientales en los estudiantes. Particularmente en escenarios como las universidades altoandinas del Perú, donde convergen realidades de diversidad cultural, desigualdad social y limitaciones estructurales, la necesidad de una formación pertinente y contextualizada adquiere una relevancia aún mayor. En este marco, la Responsabilidad Social Universitaria (RSU) emerge como un enfoque estratégico que permite articular la gestión del aprendizaje con el compromiso social, promoviendo una educación que no solo forme profesionales competentes, sino también ciudadanos responsables y comprometidos con el desarrollo sostenible de sus comunidades (Armada Pacheco, 2023).
La RSU ha evolucionado en América Latina como un paradigma que trasciende la visión asistencialista o filantrópica, para consolidarse como una política de gestión institucional basada en la ética y en la responsabilidad por los impactos que genera la universidad en su entorno. Según (Vallaeys, 2014), la RSU implica una transformación profunda del quehacer universitario, al considerar que las instituciones de educación superior deben gestionar de manera justa y sostenible los impactos organizacionales, educativos, cognitivos y sociales que producen. Esta concepción rompe con la idea de que la responsabilidad social se limita a actividades de extensión o proyección comunitaria, proponiendo en su lugar una integración transversal en las funciones sustantivas de la universidad: docencia, investigación, gestión y vinculación con la sociedad. De este modo, la gestión del aprendizaje se convierte en un espacio clave para materializar la RSU, al permitir la incorporación de valores éticos, pensamiento crítico y compromiso social en la formación de los estudiantes (Clavijo & Balaguera, 2020).