Christian Rafael sorprende por su capacidad de habitar varios registros a la vez. Se apoya en el lenguaje de la simplicidad cuidadosa, casi quirúrgica, diría. No abundan las metáforas rebuscadas, intelectualoides, pretenciosas, sino imágenes que se sostienen por su autorreconocimiento emocional. En ninguna circunstancia nos sentimos abrumados por la erudición del poeta, sino interpelados por su cercanía. Este el verdadero riesgo del libro: no se trata de un poemario que se lee de lejos, sino que casi nos susurra a la oreja, que se aproximan, en su edificación, a la nota personal, al diario abandonado. Aquí los poemas se amplían, se dilatan, se transforman en pequeños homenajes o contestaciones rabiosas al mundo contemporáneo.