La verdadera pretensión de estas páginas es muy simple: suscitar en el
corazón del lector una pregunta decisiva: «¿Qué me está diciendo Jesús a mí
en este pasaje del Evangelio?». Porque el Evangelio no es nunca solo un texto
que entender, sino una voz que reconocer en la propia vida. Así, poco a poco,
lo que inicialmente parece difícil se volverá familiar y espontáneo. Y entonces
ya no hará falta ningún subsidio, porque lo que al comienzo sonaba a una
lengua extranjera se volverá por fin comprensible para nuestro corazón.
«La fe nace de la escucha, y lo que se escucha es la Palabra de Cristo» (Rm
10, 17). Bastaría esta frase de san Pablo para explicar por qué deberíamos
frecuentar asiduamente las páginas del Evangelio. La fe no es una vaga
emoción que se agita dentro de nosotros siguiendo el vaivén de nuestros
estados de ánimo. La fe es algo concreto y fiable, capaz de sostener la vida
incluso en los momentos en que todo parece tambalearse.