La universidad pierde parte de su esencia cuando se limita a transmitir conocimientos ya consolidados y renuncia a la tarea de producir nuevos saberes. Investigar no es un complemento ornamental de la educación superior, sino una de sus expresiones más altas de sentido, responsabilidad y proyección social. Este libro nace desde esa convicción: la cultura investigativa universitaria no se decreta, se construye. Se forma en las aulas, en los semilleros, en la relación entre docentes y estudiantes, en las preguntas que incomodan, en la rigurosidad metodológica y en la voluntad de transformar la realidad a partir del conocimiento. En estas páginas, la investigación científica es comprendida no solo como procedimiento técnico, sino como práctica intelectual, ética e institucional. Una universidad que investiga aprende a dialogar con su tiempo, a identificar problemas relevantes, a producir evidencia y a participar activamente en los debates que atraviesan a la sociedad. Por ello, hablar de cultura investigativa implica hablar también de hábitos académicos, escritura científica, acompañamiento formativo, comunidades de aprendizaje y compromiso con la verdad.