Hay una colonia de hombre que huele a infancia. Un tablero de ajedrez escondido en una lata de galletas. Una rata que cruza una viga en el momento equivocado. Una línea en una hoja de cálculo que lo cambia todo. Elmer Farro construye sus historias desde los objetos y los gestos que nadie registra, pero que al final resultan ser los únicos que importan. En estos trece cuentos, el Perú contemporáneo aparece sin ser nombrado: una galería de luminarias en el Centro de Lima, un vuelo nocturno a Buenos Aires, una peluquería en Tacna un domingo por la mañana, un burdel en la sierra, un hotel de provincia donde un hombre brinda solo con el retrato de una mujer que no es su pariente. Los personajes no son héroes ni villanos. Son personas que en un momento preciso se encuentran ante una decisión que no eligieron tener que tomar. Farro no juzga ni absuelve. Observa. Y en esa distancia calculada reside su mayor eficacia: el lector termina haciendo el trabajo sucio, preguntándose qué habría hecho en el lugar de Eugenio, de Xiomara, de Miembro, de Joaquín, de Yovana. «Desde el temblor de las entrañas» no promete redención. Propone algo más incómodo: el reconocimiento.