Qué es una cantina sino el espacio donde todos los bordes, los límites, las fisuras de una sociedad tienen un tiempo, pero también sus miedos y sobre todos sus deseos. Allí es que lo anónimo se hace común, lo delirante tiene una razón de ser, lo espectral es también espectacular y viceversa. La música de fondo apuntala todas las formas y lo que allí sucede tiene otra lógica que ningún dispositivo de poder alcanza a vislumbrar porque esas fronteras son también las de la literatura. Personas que son personajes, frases o conversaciones que son épicas: la vida como un guion de una comedia trágica o de una tragedia que se parece a la propia vida y por eso el jolgorio es siempre un rito. Esto lo sabe Álvaro Ique Ramírez que en Delirios de cantina nos hace creer que vemos escenas entre una borrachera de lectura y otra, pero en el fondo se trata de una larga noche que de tan intensa se parece a la propia existencia, ya sea la del “Rey de las cantinas”, del “poeta triste” o la de cada uno de nosotros hipócritas lectores. Es más que un barroco selvático o un beat amazónico, pues se trata de una lengua vulgar en contra de toda lengua imperial que no solo funda esa cantina a tamaño real que es Cuneccia Tropical, sino una poética que antes de entrar a ella nos advierte con una quebrada botella de tinta en la mano: “¡Acuchilla tus entrañas y aviva el fuego mental, carajo!”. HÉCTOR HERNÁNDEZ MONTECINOS