Contumazá a inicios del Siglo XX era una arcádica ciudad en la cual se forjó un hombre que atravesó casi todos los quehaceres para sostener sus sueños, y a la vez a su familia.
Estudió Bellas Artes en Lima. El amor le jugó una mala pasada, así como una calificación injusta de un renombrado pintor y regresó a su tierra natal, Contumazá. Trabajó en el campo donde encontró la bendición del amor. Luego de un paréntesis pleno de aprendizaje, llegó a su vida un matrimonio que lo volvió a la senda de la paz y convivencia. Su familia se agrietó muy pronto cuando llegaron los hijos e hijas de su primer matrimonio y falleció la esposa. Anduvo en horizontes inestables por la saña de seres anodinos que siempre hicieron de la política un festín, pronto quedó sin trabajo. Pasó años construyendo un destino. Con el tiempo respectivo llegó el segundo matrimonio con hijas e hijos también. La compañera hizo que la vida sea apacible y a la vez fructífera en todos los terrenos.
Trabajó 17 años dirigiendo el Instituto Nacional de Cultura, Filial Cajamarca cambiando el rostro y el entendimiento de una ciudad negada a proteger su entorno arquitectónico.
Qué misterioso es el destino para los hombres que llevan caminos atados al horizonte y a su entusiasmo. Qué tenidas estupendas tenían su alma y su cuerpo para atravesar las quebradas que colocaba naturaleza, azar y vehemencia. Hay hombres que labran sus destinos junto a los suyos, pero él prefirió acompañar a una sociedad cajamarquina que hasta ahora no lo entiende, hay seres que nacen póstumos. Estas palabras sólo son una astilla del grueso tronco que era Andrés Zevallos de la Puente. Mónica Buse talla el tronco y deja en él una mayúscula e inspirada escultura del artista.
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