Si la elección de Keiko Fujimori se considerara un retroceso democrático, cabe preguntar: ¿qué falló? Tras la caída del régimen de Alberto Fujimori en 2001 y la transición de Valentín Paniagua, se esperaba reconstruir la confianza institucional, restablecer el equilibrio de poderes y fortalecer la participación ciudadana. Sin embargo, persistieron problemas estructurales.
Los «vladivideos» evidenciaron una corrupción sistemática y la relación entre el poder político, económico y mediático. Un cuarto de siglo después, este mal sigue como un obstáculo principal. A esto se sumó una crisis de legitimidad electoral e institucional. La debilidad del Congreso dominado por el oficialismo, la cooptación del Poder Judicial y de los organismos de control reflejaron la fragilidad democrática que profundizó la percepción de un Estado capturado. Ante esto, la ciudadanía usó la vigilancia, las movilizaciones y las redes sociales para cuestionar al poder, enmarcado en la noción de «contrademocracia» de Pierre Rosanvallon.
Otro factor fue la debilidad de partidos y movimientos sociales. La transición se impulsó desde el Estado y la presión internacional, sin actores sólidos que la sostuvieran. En consecuencia, la democracia peruana no logró reducir las desigualdades ni enfrentar adecuadamente la corrupción, la informalidad y la precariedad institucional. Así, terminó siendo formalmente democrática, pero socialmente frágil y distante de amplios sectores de la población. En suma, la política se ha convertido en una gestión de poblaciones descartables más que en la construcción de ciudadanía. Este panorama explica por qué el deterioro democrático de los últimos cinco años no es un fenómeno aislado, sino el reflejo de una crisis estructural con profundas raíces históricas. Este volumen reúne 16 ensayos para debatir sobre esta crisis y explorar alternativas que fortalezcan la democracia y construyan una sociedad peruana más inclusiva.