Toda comunidad guarda historias que trascienden el tiempo. Algunas permanecen en la memoria oral; otras encuentran su destino en la literatura. Rosalba… del alma mía pertenece a esa tradición narrativa que convierte a un pueblo en protagonista y a sus habitantes en depositarios de una memoria colectiva. Como ocurre en grandes novelas de la provincia latinoamericana —desde Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, Los ríos profundos, de José María Arguedas, o Pedro Páramo, de Juan Rulfo, hasta la narrativa peruana de Enrique López Albújar y Ciro Alegría—, aquí el territorio no constituye un simple escenario: Ayabaca respira, habla, recuerda y condiciona el destino de sus personajes.
Richard Morris recoge una veta literaria profundamente arraigada en Hispanoamérica: aquella en que la ficción dialoga con la historia local, las leyendas populares, las costumbres, la religiosidad y la vida cotidiana. En estas páginas conviven el drama familiar, la intriga policial, el relato de formación, la crónica de un pueblo, las tradiciones orales y el rescate del patrimonio cultural. Esa arquitectura narrativa, lejos de responder a un único género, construye un mosaico en el que cada capítulo aporta una nueva pieza para comprender no solo a Rosalba y a quienes la rodean, sino también el alma de una comunidad.